Fuente: El Universal
http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2014/06/71084.php
Nelson Vargas
29 de junio de 2014
En junio de 2004 más de un millón de ciudadanos marcharon vestidos de blanco por la ciudad de México y en diferentes ciudades para exigir a las autoridades locales y federales mayor seguridad pública. Son ya diez años de la Marcha del Silencio, de esa manifestación de inconformidad de una sociedad cansada de vivir con el temor de vivir, así de irónico.
En estos días me han hecho diversas entrevistas al respecto, me ha preguntado qué opino de este tipo de manifestaciones y si creo que han servido de algo. La realidad es que por más que quisiera ser positivo y decir que tuvo una repercusión real, simplemente no puedo y no por los números o estadísticas, sino por el simple hecho de que mi hija Silvia estuvo ahí manifestándose, exigiendo, unida a este reclamo, y años después la secuestraron y la mataron.
Así es, mi pequeña asistió con otros miembros de mi familia por supuesto sin que ninguno de ellos se imaginara lo que nos sucedería posteriormente. Ya saben, algunas veces uno es tan “tonto” y se cree inmune a este tipo de situaciones, piensa que nunca le va a pasar. Lamentablemente de ser una familia que apoyó esta causa, nos convertimos en víctimas
Con esto no quiero decir que la sociedad debe conformarse y no exigir sus derechos, al contrario, todas las manifestaciones sirven, siempre y cuando sean constantes; en México somos de memoria corta o, lo que es peor, nos hemos acostumbrado a vivir así, con miedo, con incertidumbre, se nos hace normal que alguien nos platique que algún familiar o conocido sufrió un robo, un secuestro o un asesinato. Nuestros hijos o nietos ya no pueden salir a jugar a la calle, no dormimos tranquilos si van a una fiesta o reunión, nos hemos vuelto desconfiados de nuestros vecinos, de las personas que trabajan con nosotros, de ir libremente a un lugar, entramos en pánico si recibimos una llamada de alguien desconocido.
Aun así, creo en nuestras autoridades y la única razón por la que lo hago es porque amo a mi México y porque el día que deje de creer entonces no viviré más aquí. Después de lo que le sucedió a mi hija Silvia, ya no me da miedo que me pase algo a mí, pero sí seguiré buscando justicia en lo que le sucedió a ella, principalmente porque no quisiera que esto le pase a mis otros hijos o a mis nietos, qué más quisiera que esta experiencia no la viviera absolutamente nadie, es algo que no le desearía ni a mi peor enemigo.
Invito a la sociedad a que siga exigiendo, que no tengan miedo y que tampoco sean indiferentes a lo que le pase a los demás porque todos estamos expuestos a que nos suceda. Me parece lamentable que si vemos que al del automóvil de a lado lo están robando, hagamos con si nada estuviera pasando e ignoremos la situación, que no nos ayudemos entre nosotros o que no denunciemos.
A las autoridades les recuerdo que están para proteger a la sociedad, que no importa lo que tengan que hacer pero necesitamos que nuestro país vuelva a la tranquilidad. Cuentan con la tecnología necesaria, se invirtieron millones de pesos en ella, pero de nada sirve si no se usa de manera correcta, es inútil si está ahí guardada o si no se capacita a las personas para utilizarla.
Otro punto que quiero aclarar, es que no es una realidad que en los últimos años los secuestros se resuelven en nuestro país, lo que sucede es que ahora la gente paga por que liberen a sus familiares; no es que se capture a los delincuentes y lo que genera esto es que ellos vean en el plagio un negocio perfecto que les da dinero fácil. Tal vez una de las soluciones es que, como en Estados Unidos, no se permita que las personas paguen y se les cancelen las cuentas a las familiares de los secuestrados, es algo exagerado, pero creo que podría ser una gran solución, el que no exista el rescate por ley.
Profesor