El futuro de la democracia: Problemas, reglas y medios de la nueva convivencia política

Elementos para un debate

Tiene interés releer en nuestros días el libro de Bobbio sobre el futuro de la democracia, escrito hace apenas 15 años. Lo que llama la atención es, de un lado, la vigencia de muchos de los problemas allí esbozados y, de otro, la ausencia de otros que están entre los más citados hoy por los especialistas. Hoy día perviven los problemas de hace unas décadas, a la vez que hacen acto de presencia otros nuevos. Entre estos últimos destacan, cómo no, la mundialización de la economía y sus consecuencias sobre los sistemas políticos estatales, los procesos de integración supranacional y los problemas políticos derivados de la diversidad y el pluralismo étnico y cultural. Por no mencionar otros que sí atisbara el filósofo italiano, como el creciente protagonismo en la vida pública de los medios de comunicación de masas y su gran influencia sobre todo el proceso político. Estos problemas no se hubieran escapado a la agudeza de Bobbio de haber estado claramente presentes en dicho momento, a comienzos de los años 80.

Poco más de una década después, nuestra visión se ha ampliado considerablemente. No porque hayamos accedido a nuevos y mejores instrumentos de análisis que potencien nuestra mirada sobre la realidad, sino porque, lenta e implacablemente, se han producido una serie de transformaciones sociales de fondo que han tenido una inmediata repercusión sobre la política. Todas ellas son bien conocidas. El fin del mundo bipolar tras los acontecimientos de 1989, con la consabida proliferación de nuevas democracias, pero también de nuevos conflictos étnicos, es la primera gran transformación. Pero no le van a la zaga la consiguiente apertura e internacionalización de los mercados financieros y el crecimiento exponencial de la sociedad de la información. Estos fenómenos han obligado a replantearse la cuestión de la democracia y su futuro, rompiendo con los análisis tradicionales, excesivamente dependientes del funcionamiento de la democracia dentro de cada sistema político estatal. Hoy carece de sentido trazar esta nítida frontera entre una dimensión "interna", identificable con el ámbito estatal y su correspondiente organización de instancias democráticas de decisión, y otra "externa", exclusivamente limitada a las relaciones interestatales. La razón hay que buscarla en el hecho de que la economía y la sociedad como un todo se han escapado al control directo de la política centrada en el Estado y, en consecuencia, de cada uno de sus demos respectivos. Los tres pilares básicos sobre los que se sustentaba el Estado tradicional -el poder militar y la economía y cultura "nacionales"- no se dejan disciplinar ya bajo el manto de la unidad territorial soberana.

Desde la perspectiva de la teoría democrática, el problema no reside sólo en constatar que, efectivamente, cada vez nos vemos más afectados por decisiones y procesos que eluden nuestro control político directo; la cuestión que se suscita es si disponemos de los medios adecuados para compensar los déficit democráticos derivados de esta nueva "desterritorialización" de los espacios políticos, que va acompañada de un nuevo desplazamiento de las fronteras de la acción política. ¿Puede vislumbrarse el futuro de la democracia a partir de las categorías tradicionales o hemos de iniciar el esfuerzo por pensarlo desde los presupuestos de una democracia de nuevo género, una "democracia cosmopolita" (Giddens)? Y, en este último caso, ¿qué aspectos de nuestra vida e instituciones democráticas hemos de ir alterando; cómo se realiza esta democracia cosmopolita? La Unión Europea ofrece un ejemplo extraordinario de las limitaciones democráticas a las que está sujeto el gobierno de los espacios de cooperación y dependencia interestatales. Sobre todo porque muestra bien a las claras las insuficiencias de un sistema democrático apoyado fundamentalmente sobre arreglos jurídico-institucionales, que suele ignorar otros aspectos sociales y estructurales más profundos. Como, por ejemplo, la ausencia de un intenso y compartido sentimiento de identidad europea capaz de establecer un "horizonte de sentido" generalizado que facilite, entre otras cosas, el desarrollo de la solidaridad entre Estados o una auténtica esfera pública paneuropea. Las carencias derivadas de la falta de medios de comunicación no mediados por el filtro nacional, así como el escaso rendimiento representativo de los partidos y asociaciones en el ámbito europeo, constituyen obstáculos evidentes. ¿Nos depara aquí el futuro, como teme Robert Dahl, una acentuación del poder de las élites burocráticas, crecientemente liberadas de la obligación de rendir cuentas ante la ciudadanía; o es posible, por el contrario -como propugnan autores como Habermas o Beck-, la creación de ese espacio público europeo -o incluso mundial- necesario para una democracia más cosmopolita?

Sea como fuere, los Estados seguirán siendo los protagonistas fundamentales de todos estos procesos de cambio, aunque lo que hasta ahora se consideraba como "política exterior" caiga cada vez más dentro del ámbito "interno". El Estado seguirá siendo necesario como fuerza estabilizadora frente a la fragmentación que impone la mundialización, pero sobre todo para negociar y dotar de eficacia en su interior a las nuevas regulaciones y acuerdos transnacionales en los que participe. Serán Estados demarcados por "límites" más permeables que las "fronteras" tradicionales (Giddens) y obligados a una mayor capacidad negociadora, tanto hacia dentro como hacia afuera de los mismos. La multiplicación de ámbitos de decisión política precisará del mantenimiento de instancias de decisión más centralizadas, por mucho que, como augura Beck, sea posible que acojan en su seno a "partidos cosmopolitas" encargados de transmitir a los públicos nacionales la agenda de las "cuestiones globales" y de movilizarlos en esta dirección. Uno de los polos de la contenciosidad política del futuro bien puede ser este enfrentamiento entre partidos y grupos "nacionales" y partidos "cosmopolitas" en el interior de los distintos sistemas políticos.

Si, a pesar de todas estas transformaciones, el sistema político estatal va a seguir acompañándonos, al menos durante el próximo futuro, es necesario que volvamos la vista a las posibles amenazas o cambios que se ciernen sobre el funcionamiento de su sistema democrático. Ya dijimos al comienzo que muchos de estos problemas nos vienen acompañando desde hace décadas y es previsible que se mantengan o se acentúen en el futuro, en parte como consecuencia de muchas de las tendencias antes esbozadas. Por obvios límites de espacio, se nos permitirá que, sin aspirar a la exhaustividad, englobemos esquemáticamente algunos de ellos dentro de los siguientes bloques generales:

a) El problema de la mediación política (partitocracia y corporativización)

Bajo este rótulo se condensan las distorsiones en el funcionamiento de los canales de mediación entre sociedad y sistema político, que afectan sobre todo al concepto de la representación y están marcados por la oligarquización y "estatalización" de los partidos políticos, así como por la corporativización de los intereses. ¿Vamos hacia partidos más permeables a la sociedad, receptivos a las nuevas demandas sociales y abiertos al propio debate y disidencia interna? ¿Seguirá la democracia liberal del futuro centrada sobre la institución del Parlamento? ¿Debemos mantener el sistema representativo tradicional, como sostiene Sartori, o podemos combinarlo y acaso suplirlo con otros medios que nos ofrecen las nuevas tecnologías de la comunicación? ¿Hasta cuándo será posible mantener la ficción de una democracia apoyada sobre la igualdad política de todos los ciudadanos frente a la efectiva y creciente organización corporativa de los intereses?

b) El problema de la especialización y complejidad de la vida política (la tecnocracia)

Un número creciente de decisiones políticas se apoyan en el "conocimiento experto", en las directrices elaboradas por técnicos detodo tipo adscritos a instituciones de lo más diversas. Esta "inteligencia especializada" nos somete, como afirma Dahl, auna nueva forma de tutela a pesar de que, como sostiene este mismo autor, no puede defenderse la idea de que las élites técnicas gocen de un conocimiento moral superior o un conocimiento más elevado respecto de lo que constituya el interés público. ¿De qué medios podemos valernos, si no para eliminar del todo este poder creciente de la tecnocracia, sí al menos para limitarlo? ¿Es el desarrollo de la "competencia cívica" un recurso suficiente, o hemos de idear nuevos instrumentos?

c) El problema de la publicidad y transparencia política (la manipulación política)

Aquí -aunque podría haberse ubicado también bajo a)- deseamos referirnos al creciente poder de los medios de comunicación en las sociedades políticas desarrolladas. Este es uno de los temas centrales de cara al futuro. No en vano la democracia de nuestros días ha sido definida ya como una "democracia mediática" (A. Minc) o "de audiencia" (B. Manin). Nadie duda ya que la relación representativa se ha visto profundamente afectada por los nuevos canales de comunicación política, pero ello incide también sobre la naturaleza misma de la vida política. Aunque no hay una alternativa viable a la vista, sobre todo frente al imparable poder de la "video-política" (Sartori), ¿es posible eliminar algunas de sus consecuencias más negativas? Y, si es así, ¿por qué medios? ¿Cuál es el papel efectivo de los sondeos de opinión y su instrumentalización a través de los medios de comunicación?

d) El problema de la colonización de la política por la economía

Mediante esta expresión habermasiana deseamos dar a entender la debilidad de los instrumentos de dirección política frente a los imperativos del sistema económico. Aquí opera sobre todo la antes aludida globalización de la economía, donde -como señala Beck- existen "capitalistas globales", pero sólo "ciudadanos nacionales". Y su efecto más visible es la relativa impotencia de los sistemas políticos para promover políticas de solidaridad y de promoción del Estado de bienestar. Su efecto más inmediato es la reducción de la capacidad redistributiva del Estado y, consiguientemente, el debilitamiento de la cohesión social. Ello repercute a su vez, como Dahl se ha esforzado siempre por resaltar, sobre el principio de la igualdad política de los ciudadanos, auténtico pilar normativo de la democracia. ¿Cómo se conjugará en el futuro esta tensión entre principio de igualdad formal y desigualdad real? ¿Cuál es el umbral mínimo de desigualdad para una realización consecuente del principio democrático?

e) El problema de las políticas de la identidad y sus desafíos

En las actuales circunstancias, sobra resaltar la importancia de eso que Dahl califica como la "acomodación política en países divididos cultural y étnicamente". Sobre todo en un país como España, que parece no haber acabado de resolverlos. Puede que éste sea el ámbito donde se plantean de forma más dramática los problemas de la democracia del futuro. Sobre todo porque no hay una clara solución de ingeniería constitucional y se precisan grandes dosis de audacia y capacidad de compromiso político para encontrar una solución satisfactoria.

f) El problema de la "calidad" de la democracia (¿democraciasavanzadas o democracias"defectuosas"?)

La cuestión sobre la que desemboca esta reflexión general es si el futuro nos depara una profundización de la democracia, gracias al desarrollo y potenciación de todas las condiciones que contribuyen a su mejoramiento -mejor distribución de los recursos políticos, promoción de la educación y la competencia ciudadana, mayor transparencia de la vida pública, etcétera- o si, por el contrario, caeremos en una más deficiente gestión de sus problemas y desafíos. El crecimiento exponencial del número de democracias y su consideración como la única forma de gobierno legítimo no se ha visto acompañado por el correspondiente desarrollo y mejora de su funcionamiento, y ello ha puesto en el centro de la discusión la cuestión de la "calidad de la democracia". ¿Hay razones para confiar en el avance de los logros democratizadores dentro de las democracias consolidadas, o los desafíos son lo suficientemente serios como para eludir un pronunciamiento optimista?

Giovanni Sartori.

Democracia y sociedad de la información

Se me ha indicado que aborde la cuestión de "la democracia y la sociedad de la información". Hemos empezado a manejar este concepto de otra sociedad con Daniel Bell. Comenzamos con la sociedad  postindustrial, ¿recuerdan? El gran descubrimiento en los 50, al menos en EU, fue que la mitad del proceso económico ya no era un proceso de manufactura, y así se había creado la sociedad postindustrial. Ahora bien, si algo ha quedado superado, si algo se convierte en pasado, ¿qué lo reemplaza? ¿Qué toma su lugar? En Bell era la sociedad del conocimiento pero eso es, por supuesto, un sesgo de profesores. Les gusta ampliar su propia profesión. Pero, además, era una predilección llena de esperanza: la sociedad del futuro reposa sobre el conocimiento, la comprensión, la inteligencia, gentes capaces, bien formadas. De hecho, es el tipo de predicciones que apoyo porque se pueden autocumplir. Esa era en parte la intención de Bell, que creía en la sociedad del conocimiento.

Básicamente, lo que sustituye a una sociedad de manufactura es, en realidad, una sociedad burocrática. La gente no trabaja para producir bienes; se sientan a sus mesas, en oficinas. Por tanto, el  acontecimiento importante es el advenimiento de la sociedad burocrática. Está por verse que sea una sociedad de conocimiento u otra cosa. El hecho es que tenemos muchas oficinas, más de 50%. La sociedad de la información en los 60 cobró un tinte elitista. Eso, ya se sabe, es un pecado grave, y como de hecho la tecnología se ha desarrollado en la forma que sabemos, hemos encontrado la fórmula, el concepto último, la sociedad de la información.

La sociedad de la información no suena a algo tan pomposo como la sociedad del conocimiento; pero es importante. La sociedad de la información contiene una parte de verdad en su propio nombre, en el sentido de que la tecnología permite una cada vez mayor transmisión de la información. La cuestión es si esto hace que la sociedad, después de todo, piense algo al respecto y con qué propósito.

Llegamos así inmediatamente a comprender la noción de información. ¿Qué significa? Para la sociedad de la información, la información es cualquier cosa que esté en la red. De esta forma, si uno produce mucho ruido y lo pone en la red, para algunos eso es información. Así se ve lo fácilmente que la sociedad de la información se saca a sí misma de su propio apuro. A veces me gustaría que fuese sólo ruido, pues siempre que entro en una de estas redes, oigo muchas estupideces que se multiplican. Es una multiplicación de estupideces. Si se pone una estupidez en la red, se multiplica por mil, y por ello desearía que fuese sólo ruido. Por desgracia, no lo es, y contiene mucha estupidez. Así pues, en mi opinión, la información es la transmisión de un contenido con noticias. News (noticias) es una palabra inglesa retorcida porque noticias es "lo que es nuevo". En español, en italiano, la palabra da una mejor sensación de qué tipo de información se va a transmitir.

Entremos ya en la relación que existe entre este concepto de sociedad de la información y la democracia. Tenemos una tecnología que nos puede mantener despiertos 28 horas al día recibiendo o emitiendo noticias. ¿Qué tipo de noticias y qué resulta interesante para la democracia? Evidentemente, lo que interesa al sistema político, al ciudadano en su verdadero sentido, es la información sobre asuntos públicos de interés público. Si recibo información sobre bailarines o futbol, puede resultar estupendo para entretenerme, pero no sirve a ningún propósito para una sociedad democrática. Información pues, sobre asuntos públicos, res publica, de interés público, y que afecta al interés general o, en cualquier caso, debería interesar a casi todo el mundo. Mi queja se centra en que, cada vez más, el medio que transmite las noticias es la televisión, y menos los periódicos. Crecientemente, sacamos de la televisión lo que llamo subinformación y desinformación. Exactamente lo que no deberíamos desear y que no ayuda en modo alguno a la democracia. Subinformación significa información insuficiente; y desinformación, información distorsionada. En términos analíticos, la diferencia es clara; en la práctica se solapa.

Quiero recalcar también la relación muy próxima entre el tipo de subinformación que recibimos de la televisión y, por implicación, también de los periódicos que siguen el modelo de la televisión, con un desinterés en la política, que es de nuevo una tendencia en todos los países occidentales y quizá también en otras partes.

La argumentación, in vitro, es la siguiente: si recibo información sobre algo que no comprendo, no me interesa. Si recibo información, o veo un partido de futbol y no lo comprendo, inmediatamente apago el  televisor, porque mi comprensión de esta entidad es nula. Cualquier información recibida y escuchada resulta interesante para la persona presente sólo si tiene la suficiente información para comprenderla. No tiene ningún sentido emplear 30 segundos para decir: "El señor tal ha ganado las elecciones en Lituania con 40%". ¿Qué más da? ¿Por qué debería escuchar eso? O se explica el problema diciendo por qué es importante lo que ocurre y qué significa, o se convierte en información sin interés. Y lo que produce en la actualidad la llamada "sociedad de la información", al menos en asuntos públicos, es un cierto tipo de información de las noticias que sólo puede provocar rechazo y desinterés. Sólo veo la televisión porque profesionalmente tengo que hacerlo para decir lo horrorosa que es, pero no encuentro en ella ni interés ni claridad. No comprendo nada de las noticias políticas que se dan en la televisión italiana o en las grandes cadenas estadounidenses.

Estamos en un círculo vicioso. Tenemos una sociedad de la información que nos inunda con información absolutamente trivial e insuficiente, que no despierta interés porque no se entiende. Es un círculo vicioso que debemos afrontar. Las últimas estadísticas de que dispongo sobre la sociedad política italiana indican que 60% de la gente nunca lee una sola línea sobre política en un periódico ni atiende a lo que se dice en televisión sobre cuestiones políticas. Por lo que el destino de la democracia, en esta simple consideración, descansa sobre 40%.

(...) Ahora quisiera diferenciar claramente información y conocimiento. Tendemos con demasiada facilidad a confundirlos porque nos resulta fácil, aunque son diferentes. La información es la acumulación de conceptos. El conocimiento, en su sentido adecuado, es el control cognitivo de las cosas. En la época final de la Segunda Guerra Mundial, un amigo mío tuvo que esconderse durante dos años en una habitación. ¿Qué hizo? Leer, sin saltarse una línea, los primeros dos volúmenes de la Enciclopedia Italiana. Al final tenía más información que antes, al menos sobre las letras A y B, pero era el mismo imbécil que antes. Eso es la acumulación de conceptos, que creo importante. En la escuela, se dice, hay que dar conceptos a los alumnos. No es un gran conocimiento, pero es información importante. Sin embargo, el conocimiento como lo defino consiste en la capacidad no sólo de comprender un problema, sino también de buscar maneras de resolverlo. Eso es el control cognitivo. Son dos cosas diferentes. Yo no diría que demasiada información produce menor conocimiento. Una información excesiva simplemente nos inunda de información estúpida y trivial. Resulta dañina, pero no en el sentido de que reduzca el conocimiento. Si una persona está interesada en la cognición, el conocimiento cognitivo, el control cognitivo, entonces lo primero que hará será evitar un exceso de información. Es evidente, pero ése es asunto distinto.

En cuanto a la democracia electrónica, mi argumentación es precisamente que cuanta más responsabilidad en la toma de decisiones y más poder de decisión se le da al ciudadano, más hay que mejorar al ciudadano porque, de otro modo, perderemos la carrera. Y precisamente esto es lo que está ocurriendo: estamos dando más poder a ciudadanos menos informados, menos competentes y, en realidad, menos ciudadanos. Los llamo "hipnociudadanos" o "subciudadanos". Estamos creando un subciudadano, incluso peor de lo que lo era en el pasado, entre el final del siglo pasado y la primera parte de éste; un ciudadano totalmente desinformado, no interesado e increíblemente ignorante. En la última edición de mi libro Homo videns he recogido, a modo ilustrativo, respuestas a algunas preguntas. Antes, al menos, la gente contestaba: "No lo sé". Ahora, una persona, ante la pregunta sobre qué es el Plan Marshall contesta: "Es un plan para introducir opio en Francia". Ahora no sólo no saben nada, sino que incluso son imprudentes, y esto puede ser una regresión a lo peor. Tal como la veo, la ecuación es la siguiente: si se quiere más demo-poder, hay que tener más demo-competencia; y sin embargo, hay menos demo-poder y más demo-incompetencia. No podemos resolver este problema con la televisión, con Internet. Podemos tratar de resolverlo en términos de democracia deliberativa y en términos de minipopulus de Dahl.

Robert Dahl.

Internacionalización y responsabilidad política

Voy a plantear una cuestión para la que no tengo respuestas satisfactorias. A saber, hasta qué punto se pueden aplicar las ideas y la práctica de un gobierno democrático a las organizaciones, procesos e instituciones internacionales. Tenemos dos tipos de respuestas diametralmente opuestas, y estoy seguro que hay muchas otras, más matizadas.

Existe un punto de vista optimista, adoptado por algunos académicos serios, de que hay un futuro democrático para las organizaciones internacionales, de que se democratizarán y se dará así una expansión histórica de la democracia. Ampliamos la democracia desde el terreno acotado de la ciudad-estado al país o al Estado nación. Y habrá una expansión complementaria a nivel de las organizaciones internacionales. Luego están los escépticos, entre los que me encuentro, que creen que eso no ocurrirá y que, por tanto, (estas organizaciones) plantean un problema: ¿qué pasa si no se democratizan?

Mi escepticismo se extiende incluso a la institución política más avanzada: la Unión Europea, aunque mi conocimiento de ella es probablemente menor que la de los participantes en este debate.

Mi argumentación es simplemente que, incluso en los países democráticos (en los que las instituciones democráticas están bien establecidas desde hace tiempo y en las que existe una cultura política democrática fuerte), a los ciudadanos les resulta claramente difícil ejercer un control decisivo sobre las decisiones clave en política exterior. Y si la perspectiva democrática es "sólo una manera de examinar estas cosas", entonces no podemos esperar ser más democráticos, o probablemente no tan democráticos, en las asociaciones y organizaciones internacionales. La Universidad de Michigan tiene una página en Internet con una lista de organizaciones internacionales de unas 80 entradas, que sirve para captar la amplitud de estas organizaciones que afectan a nuestras vidas.

Durante generaciones, los estudiosos de la ciencia política y otros han llamado la atención sobre las dificultades que los ciudadanos tienen para ejercer control sobre los asuntos exteriores. Un ejemplo ejemplar, o por lo menos un ejemplo, pues no estoy seguro de que sea ejemplar, sería la reciente decisión sobre la guerra de Kosovo. Fue una decisión no tomada en ningún sentido importante de forma democrática, aunque fue tomada por dirigentes democráticos. Fue una decisión tomada por un grupo muy reducido de gente y que, sin embargo, implicaba grandes consecuencias.

Hay lo que creo que se podría llamar una versión estándar y una versión estándar revisada de esta cuestión. En la primera he sugerido que las decisiones sobre asuntos exteriores las toman esencialmente élites bastante pequeñas. La versión estándar revisada dice que hay ocasiones en que estas decisiones se toman contra la opinión pública, que se subleva. El ejemplo bien podría ser la guerra de Vietnam. La opinión pública hace las funciones de cierto tipo de veto. Es una barrera contra la cual las élites no pueden proseguir su política e incluso tienen que dar marcha atrás. Pienso que el miedo o la preocupación por la opinión pública explica, de forma decisiva, el hecho de que, al entrar en guerra en Kosovo, no entramos con tropas de tierra, lo que pudo acabar siendo un grave error estratégico. Pero creo que la explicación está no en que la opinión pública tuviera una influencia directa importante, sino en el temor a cómo respondería la opinión pública. Así se ejerce este tipo de veto pasivo y potencialmente activo.

Si el control popular sobre las decisiones de política exterior resulta formidablemente difícil en los países democráticos, el problema va a resultar aún más difícil de resolver en el seno de las organizaciones internacionales. El ejemplo más próximo es, naturalmente, la Unión Europea, pero otras organizaciones internacionales no tienen siquiera las instituciones primitivas de la Unión Europea para implicar a más gente en la toma de decisiones de las élites en materia de política exterior. Incluso les gusta esta estructura. Y pienso que resulta imposible lograr que surja nada que se parezca a un control popular sobre la mayor parte de estas decisiones y en las organizaciones internacionales, en el futuro previsible, en cualquier mundo que podamos prever.

Ahora bien, si es así, entonces estamos frente a un grave problema, uno que es intelectual, político y, en cierto sentido, incluso moral. ¿Cómo respondemos a este hecho si esta predicción resulta correcta? No podemos decir que haya que abandonar las organizaciones internacionales simplemente porque no sean democráticas, como tampoco podemos decir que haya que abolir o abandonar otros tipos de organizaciones porque tampoco lo sean. Pueden no ser democráticas, pero a la vez resultan sumamente importantes. ¿Quién negaría la enorme importancia, para el futuro del bienestar humano, de esas organizaciones en la larga lista de 80?

Me parece que debemos empezar a buscar una respuesta a la cuestión de hacerlas rendir cuentas, aunque no necesariamente a través del tipo de técnicas democráticas que hemos llegado a comprender para hacer que las élites políticas en nuestros países, incluso dentro de ciertas limitaciones, rindan cuentas. ¿Cómo podemos lograrlo? ¿Cómo podemos proporcionar un marco que asegure un cierto grado de correspondencia entre sus acciones y los intereses informados de sus poblaciones, si tuvieran la oportunidad de estar mejor informados? Reconozco que no tengo una respuesta. Simplemente voy a sugerir lo que podrían ser algunos elementos de la respuesta a este problema.

Lo primero que diría es que debemos tener mucho cuidado a la hora de ceder la legitimidad de la democracia a sistemas no democráticos. Algunos de mis colegas se precipitan al aplicar el término democracia a organizaciones internacionales y querer describirlas como posibilidades para la democracia, cuando desde mi punto de vista no serán democráticas. Serán otra cosa. Abusamos del término. Y estar demasiado dispuestos a trasladar el término a organizaciones no democráticas es una traición intelectual y moral a la tradición democrática.

En segundo lugar, si no son democráticas, ¿cómo podemos describirlas? No tenemos términos apropiados para ese tipo de organizaciones. Propondría que las llamáramos sistemas de negociación burocrática. Son sistemas en los que se llega a decisiones a través de negociaciones entre élites políticas y burocráticas, aunque las élites tengan un componente de elección.

Ahora bien, y éste es mi tercer punto: al calibrar la deseabilidd de la negociación en las organizaciones internacionales deberíamos tomar en cuenta de forma más clara el costo de la democracia; reconocer que hay costos. Es lo que estamos intentando hacer ahora. Esto no significa que no haya acciones importantes a tomar en este mundo, ya sea en política o en otros aspectos, que no incurran en costos, pero si queremos actuar de forma inteligente, debemos querer saber cuáles son estos costos a la hora de tomar decisiones de entrar en, preservar o modificar organizaciones internacionales. El costo para el proceso democrático debe ser parte de la ecuación, y puede haber casos en los que concluyamos que los beneficios superan a los costos, en los que se justificará la decisión. Puede haber casos en los que ocurra lo contrario, en los que los beneficios no superen a los costos. Al menos debemos pensarlo y ser conscientes de que se imponen esos costos. Asimismo, si reconocemos esos costos, e incluso dentro de los límites pesimistas que he esbozado, debemos buscar modos de aportar algunos aspectos de los valores democráticos al sistema de negociación burocrática, aunque, salvo de modo superficial, no tenga respuesta a esta cuestión.

Los sistemas internacionales son sumamente importantes y deseables, aunque no sean democráticos. Debemos desarrollar otros criterios para otros tipos de acciones que no podemos juzgar por criterios democráticos. ¿Pero qué criterios de responsabilidad o de rendición de cuentas (accountability) debemos usar, o en cuáles insistir de un modo razonable? Termino con una advertencia: no creo que podamos eludir estos problemas simplemente describiendo a las organizaciones internacionales como democráticas.

Obras traducidas al castellano

Robert Dahl, Análisis político moderno, Barcelona, Fontanella, 1967.

--, Análisis sociológico de la política, Barcelona, Fontanella, 1968.

--, La poliarquía, Madrid, Tecnos, 1989.

--, La democracia y sus críticos, Barcelona, Paidós, 1991.

--, ¿Después de la revolución?, Barcelona, Gedisa, 1994.

--, La democracia. Una guía para los ciudadanos, Madrid, Taurus, 1999.

Giovanni Sartori, Partidos y sistemas de partidos, Madrid, Alianza, 1980 (hay una reedición revisada en 1999).

--, Teoría de la democracia, Madrid, Alianza, 1988.

--, Elementos de ciencia política, Madrid, Alianza, 1992 (hay una reedición revisada en 1999).

--, La democracia después del comunismo, Madrid, Alianza, 1994.

--, Ingeniería constitucional comparada, México, FCE, 1997.

--, Homo videns. La sociedad teledirigida, Madrid, Taurus, 1998.

Giovanni Sartori y Leonardo Morlino, La comparación en las ciencias sociales, Madrid, Alianza, 1994.

En abril pasado se realizó en Madrid el coloquio "El futuro de la democracia", organizado por el Círculo de Debates y la editorial Taurus. Entre los motivos el encuentro figuraba la reciente edición de las traducciones al español de La democracia. Una guía para los ciudadanos, de Robert Dahl, y Homo videns. La sociedad teledirigida, de Giovanni Sar-tori. Estas son las intervenciones iniciales de los tres ponentes, publicadas originalmente en Claves de razón práctica, Madrid, núm. 97, noviembre, 1999. etcétera agradece la autorización de los editores de esa revista, así como de los autores, para publicarlas en estas páginas.