Todos los delitos ocasionan pérdidas económicas de alguna manera. En ciertos casos, esto es más evidente debido a que la pérdida es consecuencia directa de la victimización, como en el robo o la extorsión. Sin embargo, ser víctima de delitos no patrimoniales como lesiones también ocasiona pérdidas económicas, ya que las mismas pueden provocar algún impedimento para trabajar o requerir de atención médica.
Al tomar a los establecimientos, no a las personas, como unidades de análisis, es especialmente relevante prestar atención a las consecuencias económicas del delito debido a que la generación de beneficios económicos es su propósito fundamental.
En la Encuesta Nacional de Victimización de Empresas 2012 (ENVE) se analizan delitos que afectan a los establecimientos, tales como el robo (de bienes o dinero, de mercancía en tránsito, y de vehículo), el fraude y la extorsión, así como daños a instalaciones, maquinaria o equipo. En los primeros dos artículos de esta serie se analizaron diversos aspectos de la misma, como la incidencia, prevalencia, cifra negra, percepción y características de los delitos. (Ver la primera y la segunda partes). El presente texto se enfoca en los costos del delito.
Además de las pérdidas económicas como consecuencia directa del delito, también debe considerarse el dinero que las empresas invierten en su protección. Aunque es un poco más difícil de apreciar, este gasto también implica pérdidas. La parábola del cristal roto de Fréderic Bastiat ilustra esto. Esta narración explica que comúnmente se piensa que cuando un niño rompe la ventana de un comerciante, su acción puede resultar en un beneficio para la sociedad, ya que el comerciante debe reparar la ventana y, por lo tanto, contrata a un vidriero, el cual obtendrá un ingreso. Sin embargo, este argumento no considera que si el comerciante no hubiera tenido que reparar la ventana, hubiera podido invertir ese dinero en otra actividad.
Igual que el vidriero, las empresas que proporcionan seguridad obtienen ingresos, pero en un contexto en el que no se necesitaría contratar estos servicios, éstas podrían invertir el mismo dinero en actividades productivas, que además generarían valor agregado. Este tipo de pérdidas son más difíciles de medir por lo que implica estimar las ganancias posibles.
Cabe mencionar que los costos que suelen ser más aparentes como los que se derivan del robo o el vandalismo también pueden acarrear otros menos evidentes que obedecen a una lógica similar a la descrita anteriormente. Si los objetos robados o vandalizados son instrumentos de trabajo o de producción, además del valor de los objetos por sí mismos, se pierde la utilidad que podrían generar en tanto no se repongan.
En la ENVE 2012 (referente a 2011) se estimó que las pérdidas como consecuencia del delito alcanzaron 67 mil 506 millones de pesos (mdp) y que el gasto en protección ascendió a 47 mil 655 mdp. Sumados, estos dos conceptos llegan a 115 mil 161 mdp. Además, hay que considerar que el gasto en seguridad no toma en cuenta el valor agregado que no se creó, es decir, lo que se hubiera generado si esa cantidad se hubiera invertido en actividades productivas.
Los costos totales del delito variaron entre entidades, los mayores se registraron en el Estado de México (11 mil 488 mdp), en Nuevo León (11 mil 138 mdp) y en el Distrito Federal (9 mil 875 mdp). Estas cifras toman en cuenta las pérdidas como consecuencia del delito, así como el gasto en protección de los establecimientos.
El costo de las suspensiones de acciones como consecuencia del delito ascendió a 62 mil 864 millones de pesos, lo que equivale a un promedio de 147 mil 652 pesos por cada unidad que suspendió acciones como resultado del delito. El promedio fue mucho mayor para los establecimientos industriales (371 mil 119 pesos), seguido del sector de servicios (150 mil 952) y el de comercio (91 mil 971).