¿Otra vuelta?

Imagen de Malú Flores

Desde ayer leo varias opiniones en mi TL (muestra no representativa llena de estudiantes de ciencia política, abogados y economistas) sobre las bondades que la segunda vuelta tendría en las elecciones presidenciales para dar certidumbre y legitimidad al ganador. La segunda vuelta tiene sus pros y sus contras, sin embargo, es importante aclarar que lo que define al sistema político y electoral es el enramado institucional y no una norma o mecanismo aislado. Tampoco, como demuestra el Teorema de Imposibilidad de Arrow, existen sistemas perfectos.

En términos muy simples, el Teorema de Arrow dice que cuando existen tres o más opciones, alguna de las siguientes condiciones es violada por los sistemas de elección.

  • El resultado del sistema de votación es un ordenamiento de preferencias sobre un dominio universal. Cada votante tiene un conjunto de preferencias racionales (transitivas y completas).
  • Determinación del resultado se da por preferencia de quienes participaron en la elección y no por factores aleatorios.
  • Consistencia: si todos los votantes prefieren A sobre B, el sistema de votación debe dar como ganador a A sobre B. Algunas veces también se llama a esta condición, unanimidad.
  • Imparcialidad del sistema de votación: se da el mismo peso a todos los candidatos u opciones.
  • Independencia de alternativas irrelevantes: la preferencia por la opción A o B no se determina por la presencia de la alternativa Z.
  • No dictadura: no existe un actor cuyo voto tenga valor distinto y pueda cambiar el resultado de la elección. Ojo: aquí no se refiere a votos de desempate, quiere decir que si 9 de 10 prefieren la opción A; gana A y que voto del décimo actor no vale más que el de los otros 9. Como Arrow demuestra, todo sistema electoral (conocido) rompe alguna de ellas.

La segunda vuelta viola el dominio universal y la independencia de alternativas irrelevantes. En resumen: no hay sistema electoral perfecto. Esto no significa que no pueda haber democracia, sino que tenemos que estar conscientes de que siempre existirán fallas, y no por ello la democracia deja de ser el mejor sistema conocido.

Regresando a la discusión sobre la segunda vuelta, algunas de los puntos positivos que encuentro son que el ganador tiene mayoría absoluta, por lo cual podría suponerse que llega con más legitimidad (tengo mis dudas, sigan leyendo); en la primera ronda hay más incentivos a que las personas voten por su verdadera preferencia y, puesto que nunca sabes quien será tu aliado en segunda ronda, los partidos y candidatos tienen menos incentivos a campañas negras y –quizá- más incentivos a hacer una campaña de propuestas. Por otra parte (y no es necesariamente algo negativo) este sistema favorece casi siempre a partidos grandes, pero no aleja a los partidos pequeños ya que en la segunda vuelta estos respaldan a los que quedan en primer y segundo lugar. De nuevo, esto no es bueno o malo: partidos que representan minorías no pierden todo su poder de negociación, incluidos partidos extremistas.

En diciembre de 2009, el Ejecutivo Federal un proyecto de Reforma política en el cual se propuso la segunda vuelta. La propuesta número 3 del documento original es “Adoptar, para la elección del Presidente del República, el principio de mayoría absoluta, recurriendo a una segunda votación, cuando ningún candidato obtenga la mayoría necesaria para ser electo en la primera votación”. De entrada –y en el documento lo mencionan- hay que aclarar que existen dos tipos de mayoría: simple y relativa. Mayoría absoluta implica 50% más un voto, mayoría relativa se define “el o la que tenga más votos”. Creo que la mayoría relativa es un buen criterio para una democracia. Cuando tenemos segunda vuelta se garantiza una mayoría absoluta, pero es construida y no revela la verdadera preferencia del electorado. Además, y por principio, se restringen las opciones por las cuales los electores pueden decidir (¿Eso sería considerado “imposición”?).

He leído a quienes defienden la segunda vuelta y ponen de ejemplo a Francia. Al parecer, no recuerdan las elecciones de 2002 en las que Jacques Chirac –candidato de derecha acusado de corrupción durante su mandato - obtuvo 19.88% y Jean-Marie Le Pen –político xenófobo que dijo que la ocupación nazi en Francia no fue “tan” inhumana - se llevó 16.86%. Dada la falta de coordinación de los votantes de izquierda y su enojo con el partido socialista, Lionel Jospin –quien fuera primer ministro entre 1997 y 2002 durante el gobierno de Chirac e impulsara la semana laboral de 35 horas e impulsara los servicios de salud en Francia como derecho universal- obtuvo el tercer lugar con 16.18%. Al final, los votantes de izquierda tampoco tuvieron al candidato ideal, votaron por Chirac y tuvieron que respetar el resultado (¿Imaginan el pánico de la izquierda y de los votantes de centro al imaginar que Le Penn podría ser el presidente? Horror). En fin. Este ejemplo es para mostrar que la segunda vuelta no siempre deja a candidatos de centro o que reflejen la verdadera preferencia del electorado: la mayoría no prefería a Chirac, pero Chirac llegó con una aplastante mayoría “artificial” (82.21%).

Superando el ejemplo de la mala coordinación francesa, creo que la segunda vuelta en México podría –en abstracto y en el mejor de los casos- dar más legitimidad al ganador. También daría incentivos a que en primera vuelta las campañas fueran más de propuesta y menos de slogan-chafa-repetido-mil-veces y a que los partidos fueran más cordiales entre si, dando más espacio a comparar propuestas y menos a descalificaciones (nunca sabes quien te puede echar la mano en segunda vuelta). Sin embargo, no me parece la solución. Vivimos en una democracia y en democracia un voto debería bastar para que los ganadores sean reconocidos como tal. Con lo que he visto en últimos días, pregunto el caso extremo: si en segunda vuelta el ganador tuviera 50% más un voto y el perdedor 50% menos un voto ¿Aceptarían el resultado? No me queda claro. A pesar de lo anterior, una ventaja de este sistema es que –en palabras de @hectorportillo- asegura que el ganador no es perdedor Condorcet (y eso es bastante).

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