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DESTACADO. Detr�s del voto.
2009-06-07 18:46:59

Columna de Francisco Vald�s Ugalde en EL UNIVERSAL

Detr�s de cada voto hay un ciudadano que expresa una preferencia por qui�n debe gobernarnos. Podemos elegir dentro del men� que se nos ofrece pero no podemos cambiar f�cilmente de men�. He ah� el problema. La pregunta entonces no es votar o no votar por �m�s de lo mismo�, sino saber c�mo canalizar el hartazgo para cambiar la oferta pol�tica. Por desgracia, no hay una relaci�n directa entre votar, no votar o anular el voto y conseguir que cambie dicha oferta.

Ciertamente, el sistema pol�tico podr�a conmoverse si una inmensa mayor�a de los electores decidiera no concurrir a las urnas. La abstenci�n masiva puede ser un llamado grave de atenci�n a una clase pol�tica que la opini�n p�blica considera poco o nada representativa y muy ineficiente y corrupta. Pero la encuesta publicada el viernes por EL UNIVERSAL en primera plana revela que esta ruta es muy poco probable. El 76% piensa que no est� bien anular el voto y 88% no est� dispuesto a hacerlo.

Aunque puede preverse un abstencionismo considerable, como ocurre regularmente en elecciones intermedias, no es probable un escenario en que la mayor�a deje de ejercer el sufragio. De ah� que las preguntas sobre el hartazgo por los pol�ticos realmente existentes deban conducirse por otro derrotero.

Hasta 1996, cuando se consigue la instauraci�n de una autoridad electoral independiente, la lucha de los entonces partidos de oposici�n empujados por una buena parte de la ciudadan�a se orientaba a abrir un espacio al pluralismo que no hab�a sido completado en el sistema pol�tico. En ese momento los intereses de los partidos opositores eran cambiar las reglas electorales que obstaculizaban la formaci�n de mayor�as alternativas al PRI. Sin embargo, la peculiar manera en que se llev� a efecto la institucionalizaci�n del nuevo sistema de partidos en condiciones equitativas de competencia, m�s que superar el sistema hegem�nico, ampli� la membres�a del club con derecho a participar en el ejercicio del poder con todos sus vicios.

Llegados a este punto, los partidos experimentaron una identificaci�n de sus intereses b�sicos, centrados en el acceso a las prerrogativas, principalmente econ�micas, que les da la ley, a la vigilancia f�rrea del portal de acceso de nuevos agentes a la representaci�n pol�tica y a la limitaci�n de las facultades del �rbitro electoral.

Por su parte, la ciudadan�a observ� un cambio en la panor�mica de lo que hab�a apoyado previamente. Llegados al poder, ahora hab�a que elegir entre las alternativas de gobierno y pol�ticas p�blicas ofrecidas por cada opci�n disponible. Pero lo que no fue percibido debidamente fue que el ejercicio del poder en el sistema heredado induce un sesgo en la orientaci�n de los gobernantes, cuyos intereses por la preservaci�n y ampliaci�n del poder difieren de los intereses de los ciudadanos por disponer de pol�ticas y gobiernos satisfactorios. A esto se agreg� el fortalecimiento del sistema de partidos, dot�ndolo del monopolio de las candidaturas y por consiguiente de la representaci�n.

En el decurso de esta etapa, los ciudadanos y ciudadanas observamos c�mo se desenvolvi� la competencia y sus resultados en el ejercicio de la representaci�n y los gobiernos. El problema principal en la percepci�n social es que los partidos responden a intereses que no son los de la ciudadan�a, que han dejado penetrar intereses especiales para mantener nichos de privilegio, que se han beneficiado de la corrupci�n en lugar de erradicarla, en fin, que no nos han tra�do buen gobierno.

Pero los ciudadanos no hemos hecho la parte que nos toca en la democracia. Nos quedamos varados en el rol jugado hasta 1996 y, lejos de procurar la organizaci�n independiente en funci�n de la diversidad de intereses, aceptamos la captura de la representaci�n por los partidos y las reglas de gobierno que a�n corresponden al r�gimen de la Revoluci�n.

Dejar de votar no tiene sentido. Lo que hace falta es que, adem�s de votar, encontremos la forma de transformar el r�gimen pol�tico en un r�gimen democr�tico y representativo que supere la contradicci�n flagrante entre valores, principios y normas autoritarias para gobernar y reglas, valores y principios democr�ticos para elegir gobernantes. La salida no ser� f�cil, pero es la �nica manera de enfrentar el problema en sus t�rminos. Si no nos gusta el men�, necesitamos cambiar de restor�n, no matar la democracia.

[email protected]

Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM

 





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